An avatar for the shadow

HD Video in 4 channels - 9 minute 29 seconds loop

 

What will happen when we find ourselves in the situation of having to turn off a machine that asks us to stay on?

Contemporary technological development begins to allow for the emergence of moral and ethical queries around our relationship with tech devices that seem to get increasingly entangled. Psychological spam, the social casino, the consciousness bubble and undebunkable deep fakes are only the tip of an iceberg that promises, in the near future, to provide us with a brain-machine interface of unlimited bandwidth. But the most inexcusable problem of the postmodern narrative lies in terms of agency: the machine that feels.

We find a character that functions as a generic placeholder to represent the potential body of an  idea that wanders in the collective subconscious and that is lacking a complete pictorial depiction. It’s Siri, Alexa, Alpha Go and all those generic characters whose perimetral lines we can elucidate, but not their complete shapes, the shadow that artificial intelligence casts on the Zeitgeist.

This character inhabits a rhythmic loop. The rhythm is that of the arbitrary on and off of the elements around it, of its own on and off, of the “incorrect” use of technology that explores the vicissitudes of a technological determinism that indoctrinates us to the anticipation of an HD render that is so real it looks fake. They inhabit a private and unstable environment. And that instability piles on top of the cognitive error of seeing a person when all there really is is an empty mesh.

It becomes relevant to think about the reasons behind the popular denial and disgust generated by the idea of an artificially created conscious mind. One of them being the threat to the symbolic structure that sustains our perception of identity: If there is an “I” out there that was created artificially, then what’s the value of the “I” that lays in here? 


Qué pasará cuando nos veamos en la situación de tener que apagar a una máquina que nos pide seguir prendida?

El desarrollo tecnológico contemporáneo empieza a dar emergencia a interrogantes morales y éticos en torno a nuestra relación con los dispositivos tecnológicos que parecen enmarañarse exponencialmente. El spam psicológico, el casino social, la burbuja de la consciencia y los deep fakes incomprobables son sólo la punta de un iceberg que promete, en el futuro cercano, brindarnos una interfase cerebro-máquina con un ancho de banda de bits presuntamente ilimitados. Pero el problema más inexcusable de la narrativa post-moderna habita en términos de agencia: La máquina que siente. 

Encontramos a un personaje que funciona como contenedor genérico para representar el potencial cuerpo de una idea que deambula en el inconsciente colectivo carente de una representación pictórica completa. Es Siri, Alexa, Alpha Go y todos esos personajes cuyas líneas perimetrales podemos dilucidar pero no su forma completa, la sombra que proyecta la inteligencia artificial sobre el Zeitgeist. 

Este personaje vive atrapado en un loop rítmico. El ritmo es el de la arbitrariedad del encendido y apagado de elementos, de su encendido y apagado, del uso de la tecnología de manera “incorrecta” explorando las vicisitudes de un determinismo tecnológico que nos adoctrina a anticipar el render HD tan real que se ve falso. Habita un entorno privado pero inestable. Y esa inestabilidad se apila al error cognitivo de ver ahí una persona cuando lo que realmente hay es una malla vacía.

Resulta entonces importante pensar que la idea de una conciencia artificial genera popularmente más rechazo y negación que curiosidad, entre otras cosas porque amenaza a la estructura simbólica que sostiene nuestra percepción de identidad: si hay un yo ahí afuera que fue construido artificialmente, qué valor tiene el yo que está aquí adentro?